Soy una mujer europea. Llegué a Barcelona hace diez años, sola y sin red de apoyo. Empecé prácticamente desde cero. A través de otra entidad conocí Fundación Amaranta, que se convirtió en un pilar fundamental durante mi proceso: recibí apoyo psicológico, orientación laboral, formación y vivienda en un piso de acogida. Aquellos dos años fueron la base sobre la que reconstruí mi vida.
Siempre digo que las entidades no te solucionan la vida, pero te empujan hacia tus sueños. Las herramientas están ahí; lo importante es decidir usarlas. Para mí, uno de los apoyos más valiosos fue contar con una educadora que me acompañó desde la empatía y el respeto. Como madre sola, pequeños gestos —como que cuidaran de mi hijo mientras estudiaba— que fueron un respiro inmenso y una muestra de cuidado real.
Con el tiempo estudié castellano, catalán y varias formaciones que me llevaron al ámbito sociosanitario, donde trabajo actualmente. Es un sector con mucha demanda, aunque está mal pagado y muy feminizado. Ahora tengo un contrato fijo de 25 horas en una empresa subcontratada del Ayuntamiento. Mis primeras prácticas fueron en una residencia. Con mi hijo pequeño no era viable ampliar el horario. Ha sido difícil. Se habla mucho de apoyo a las familias monoparentales, pero en la práctica no se cumple. La conciliación familiar es una palabra escrita, no una realidad.
He sentido a veces discriminación por ser mujer migrante, pero aprendí a no dejar que eso me frenara. Los prejuicios existen, pero no definen mi vida. También entendí la importancia de adaptarse al lugar donde vivimos, aprender su idioma y su cultura, y aprovechar todos los talleres y recursos disponibles. La información es riqueza, más que el dinero. Ir a talleres te abre la mente, te da herramientas y te evita recaer en situaciones de vulnerabilidad. Gracias a ellos entendí mis derechos, mis opciones y cómo moverme en Barcelona.
Hoy participo como mentora en un proyecto europeo a través del RAI, acompañando a mujeres que atraviesan procesos similares. Poder escucharlas sin filtros y ofrecerles mi experiencia como mujer superviviente se ha convertido en una parte esencial de mi camino. Creo firmemente que la figura de mentoría debería estar más presente, incluso en casas de acogida. Ver a alguien que estuvo en su lugar y salió adelante puede cambiarles la vida.
Mi mensaje para otras mujeres es sencillo: “Si yo pude, todas podéis.”
Mi vida no es perfecta, pero ha cambiado un 80% desde que inicié mi proceso. Lo más importante es volver a creer en una misma y aceptar ayuda y reconocer la fuerza que ya tenemos. Creo que ver a otra mujer salir adelante nos recuerda que el futuro también es posible para nosotras.
