Llegué a España un enero de 2023, con 34 años, en busca de esperanzas. Mi situación en Venezuela era muy difícil, y mi familia dependía económicamente de mí.

Soy médica especialista en epidemiología. Estudié y ejercí durante nueve años en el sistema público de salud de mi país. Era un trabajo que me gustaba, pero las condiciones eran muy duras: escasez de medicamentos, servicios básicos inestables, horas de trabajo que no llenaban la despensa y también había presiones políticas por pensar distinto. En 2020 terminé renunciando y no pude ejercer ni en el sector privado ni en el público.

A partir de ahí emigré dentro de mi propio país, aposté por mi polivalencia y desempeñé otros oficios para sobrevivir: cuidados, ventas y otros trabajos sin estabilidad. La inflación en Venezuela es letal, la moneda cambia dos veces al día, y se vive con miedo de no poder cubrir lo básico. Sientes que te ahogas.

Huir del país es considerado una salvación, pero no tenía los medios económicos así que consideré irme caminando por la frontera, así como millones de hermanos venezolanos lo han hecho. En medio de esa desesperación, personas de mucha confianza me ofrecieron una oportunidad en España cuidando a una persona dependiente. Me gestionaron el pasaporte y el billete aéreo. Yo confié.

Llegué en enero de 2023 a un centro privado, en una zona apartada, donde vivían personas en proceso de rehabilitación. Allí vivía y trabajaba sin límites entre el descanso y el trabajo. Mi jornada era de 7:00 a 23:00 extenuante y abrumadora, pero la normalicé porque venía de jornadas durísimas en Venezuela y porque, por primera vez en mucho tiempo, tenía agua por tuberías, comida abundante y luz aseguradas.

Con el paso del tiempo, me pidieron firmar dos documentos. El primero de reconocimiento de deuda de unos 3.800€ por gastos de pasaporte, viaje y alojamiento. El segundo, un “contrato de fidelidad” donde si yo deseaba irme de ese lugar al año, debía pagar 30.000€, el monto se iba reduciendo por año y si cumplía 5 años con ellos solo 6.000€ costaría mi libertad. Yo estaba sin papeles, sin red de apoyo, sin información, y pensando en mi familia. Firmé, total con mi salario de 600€ podría ayudar a mi familia.

Las inquietudes de mi situación que constantemente ignoraba para no entrar en pánico se confirmaron cuando logré ir a extranjería y me explicaron las normativas para residir y trabajar legalmente en España: que no podía regularizarme con ese trabajo y que la única opción disponible era pedir asilo. Fue allí donde entendí que estaba en una situación ilegal y de explotación.

Un día laboral normal, la Policía Nacional llegó tras una denuncia anónima y en compañía de una profesional de Fundación Amaranta interrogaron a pacientes y al personal. Mi situación era delicada. Me ofrecieron protección como testigo. Dejé el centro con lo que pude. Fundación Amaranta me acogió y acompañó desde el primer día.

La acogida fue difícil emocionalmente. Pasé por sentimientos de culpa, vergüenza, ansiedad y duelo migratorio. Yo, que había sido sostén de mi familia, ahora dependía completamente de otras personas. Me costó aceptarlo.

A la vez, mi familia vivía situaciones muy graves: mi hermana con una crisis de salud mental; y mi madre fue diagnosticada con un tumor cerebral y tuvo varias cirugías. Yo estaba lejos, sin poder sostenerla económicamente como antes. Fue devastador.

En Fundación Amaranta recibí apoyo psicológico, acompañamiento emocional, alimentación, vivienda, y orientación constante en cada paso. Mi gratitud es infinita.

Aceptar que no podía ejercer como médica fue otro duelo que tuve que enfrentar. Pero entendí que mi valor no es solo un título. Me formé como auxiliar administrativa y gestión de documentación. Terminé el curso, hice prácticas y con ayuda en la búsqueda laboral conseguí mi primer empleo legal en una empresa, a través de una ETT. No es estable, pero es mi inicio.

No dejé de ser quien soy. Me estoy transformando para mi nueva vida.Hoy mi objetivo es conseguir un contrato estable y continuar apoyando a mi familia. Sigo aprendiendo la lengua local. Estoy construyendo una vida desde cero, pero ya no desde el miedo, sino desde la fuerza que me dio todo lo vivido. Mantengo el vínculo con Fundación Amaranta. Ya no desde la dependencia, sino desde el camino compartido.