Me llamo Andrea. Llevo tres años viviendo en España. Decidí venir porque en mi país ya no podía más: estaba sola con mi hijo, que tiene autismo e hiperactividad. Sentía que él no estaba recibiendo la atención adecuada y que no tenía una red de apoyo.

Cuando supe que en España había más recursos y una mirada menos estigmatizante hacia estos trastornos, tomé la decisión de migrar.

Las crisis de mi hijo comenzaron incluso desde el viaje. Al llegar intenté buscar un alojamiento, pero aquí descubrí algo que no sabía: No basta con tener dinero; aquí tienes que esperar a que te escojan. Pedían nómina española, garantías, y además nadie quería alquilarme al ver a mi hijo en plena crisis. 

Ante esa inestabilidad la situación empeoró. Hubo un momento muy duro en el que él me golpeó la cara. Fue necesario llamar a la policía, algo que nunca imaginé hacer. Yo ya ni me miraba a mí misma; solo pensaba en que él estuviera bien. En el hospital le ajustaron su medicación y, por primera vez, pude descansar un poco.

Mientras él estaba hospitalizado, me derivaron a un recurso de emergencia. Fue la primera vez en mi vida que me separé de mi hijo. 

Cuando le asignaron una plaza en una residencia especializada, supe que allí estaría cuidado y atendido de forma profesional. Yo necesitaba trabajar y estabilizarme para poder sostenerlo también desde fuera. Fue una decisión muy dura, pero era necesaria.

A través de ACCEM me derivaron al programa de acogida de Fundación Amaranta. Allí estuve tres meses y realicé un curso que me permitió acceder a mi primer empleo en España. Hice mis prácticas en una empresa del sector metalúrgico y, a la primera semana, me ofrecieron contrato indefinido. Gracias a ese contrato pude alquilar una habitación, y pronto un pequeño bajo donde vivo sola. 

A través de Amaranta hice una formación de logística y almacén. Homologué el bachillerato, que era lo que podía hacer rápido. La licenciatura no la homologué porque necesitaba trabajar ya. Tener el empleo; ese era mi punto de partida para todo lo demás.

El trabajo al inicio fue duro. Me pedían resultados como si llevara allí diez años. Me exigían como si ya tuviera esa experiencia. Fue brutal. Al principio nadie me hablaba; era “el bicho raro”. Con el tiempo empezamos a comunicarnos más. No sentí discriminación directa de los compañeros, pero sí mucha frialdad al comienzo. La empresa es muy jerárquica y autoritaria. No nos escuchan. Si mi trabajo en logística tuviera un enfoque más humano o más comunicativo, me gustaría más.

Aun así, he mantenido la constancia: el progreso siempre ha sido interno. La motivación es mía.

Mi salud física y emocional se resintió mucho. Un día decidí que tenía que hacer algo por mí, no solo por sobrevivir: me apunté a un gimnasio. Voy porque me hace feliz, no por estética. Quería recuperar algo propio. También retomé el inglés, un idioma que siempre me ha gustado. Me estoy certificando. Me prometí hacer cosas que me gustan, porque toda la vida me he sacrificado.

En tres años he vivido situaciones que nunca imaginé. Hoy tengo una estabilidad relativa gracias a mi esfuerzo y a los recursos que encontré aquí. Sobre todo, sé que debo cuidarme y cuidar lo que he logrado.

Me gustaría, en el futuro, trabajar en algo más relacionado con comunicación, atención al cliente o turismo. Tengo experiencia en ello y me hace feliz. Incluso he pensado en hacer voluntariado con personas migrantes usando mis idiomas.

Mi hijo está atendido en la residencia donde recibe lo que yo sola no podía ofrecerle. Yo sigo presente, visitándolo, sosteniéndolo y reorganizando mi vida para acompañarlo mejor. Si tuviera que resumir todo, diría que: Mi mejor aliado ha sido la perseverancia y la constancia. Todos merecemos un lugar seguro. Y aunque aún no estoy donde quiero, sé que cada paso me ha costado muchísimo y que he hecho todo lo posible por construir una vida digna para los dos.