Soy venezolana. Estudié Educación Integral y comencé a trabajar como auxiliar en un colegio público mientras estudiaba. Luego trabajé también en un colegio privado y en el parasistema los sábados. Siempre imaginé que mi vida sería la docencia.
Mi pareja decidió emigrar por la crisis económica, la inseguridad y la imposibilidad de mantenernos. Yo tuve a mi hija en 2016 y cada vez era más difícil conseguir alimentos o medicinas. En 2018 él se fue a Perú y yo lo seguí con nuestra hija dos meses después. Llegamos a Perú sin ninguna base económica. Mi primer trabajo fue vendiendo chocolate y café en la calle. Luego conseguí dar clases en un colegio sin tener aún la convalidación, y en las tardes tenía un puesto de comida en la calle. Luego, con la pandemia, el restaurante turístico donde era encargada cerró y tuvimos que sobrevivir vendiendo repostería desde casa. Perú fue una escuela para mí; trabajé de todo para salir adelante.
Con el aumento de migración en Perú surgió rechazo hacia las personas venezolanas. Decidimos venir a España. Yo tuve que volver a Venezuela para tramitar el pasaporte y mi madre enfermó de cáncer y tuve que quedarme más tiempo del previsto.
Llegué a España en pleno verano. Mi pareja ganaba muy poco y no llegábamos a cubrir gastos. Fue un choque fuerte porque aquí todos los trabajos requerían legalidad, y no podía hacer lo que hacía en Perú.
Caí en depresión. Lo único que pensaba era en regresarme; sentía que aquí no tenía nada. Tampoco pude empadronarme. Una chica venezolana que conocí en un parque me ayudó sin conocerme. Y ella me llevó a la Fundación Amaranta. Fue donde encontré más apoyo, tanto antes como después de tener papeles. Me ayudaron con orientación laboral, formación, trámites y también apoyo emocional.
Mi primer trabajo fue de camarera en Cantabria, viajando 4 horas en tren. Era un ritmo muy exigente y sufrí maltrato laboral. Me gritaban delante de los clientes y me culpaban por errores que no eran míos. Duré un mes. Luego trabajé cuidando a una mujer de 98 años. La familia me trató muy bien, pero era duro porque la señora se levantaba muchas veces en la noche y casi no dormía. Aun así, fue una experiencia más humana y estable. Al fallecer la señora otra vez me quedé sin trabajo, y aun no tenía permiso para trabajar.
Empecé a moverme más: hablar con gente en parques, con abuelos, con vecinos. Aprendí que aquí funciona el boca a boca. Me consiguieron un trabajo en Avilés cuidando a un señor con demencia senil. Nunca había cambiado un pañal, pero la hija me enseñó con paciencia todo.
Trabajé sábado y domingo, viajaba ida y vuelta cada día. Duré un mes, hasta que me consiguieron otro trabajo en Gijón limpiando pisos. Después de estudiar tanto, no podía creer que viniera aquí a limpiar pisos. Pero la familia me trató como a una más. Con el tiempo me enseñaron y comencé a tomar más trabajos por horas: limpiezas, cuidados, acompañamientos.
Empecé a estar legal en mayo de 2024, casi 11 meses después de llegar. Tenía apego emocional a la familia con la que trabajaba, pero entendí que necesitaba cotizar. Comencé en una empresa de limpieza y Amaranta me consiguió trabajo en una lavandería. Trabajaba sin parar: mañanas cuidando, tardes limpiando pisos turísticos, noches en lavandería. Era demasiado, pero necesitábamos conseguir un piso estable. Tener el dinero no era suficiente; siempre faltaba un papel, una nómina, un fiador.
En la empresa de limpieza pasé por experiencias buenas y malas. En una farmacia sufrí discriminación por ser inmigrante: pisaban el suelo recién fregado, dejaban suciedad a propósito, me trataban con desprecio. Luego me dijeron que tenía “bajo rendimiento” y “quejas”. Querían que firmara una renuncia. Tuve asesoría legal. Si querían despedirme, tenían que hacerlo por escrito. Finalmente me hicieron firmar un despido. Amaranta revisó mi liquidación y me ayudó a reclamar lo que faltaba.
Justo al día siguiente del despido, una familia que conocía me llamó y me ofrecieron trabajo. Ahora estoy en una casa fija, de lunes a viernes, de 10 a 15 h, con contrato de 25 horas. Paralelamente desde hacía un año y medio trabajo acompañando a un señor mayor los fines de semana. Es un ambiente familiar donde puedo estar con mi hija.
Mi pareja ahora tiene trabajo estable; eso nos ha dado más tranquilidad. Yo al final encontré un trabajo estable y humano; siento que por fin estoy empezando a levantar cabeza. Voy complementando; ahora mismo estoy tranquila. Es buscar el equilibrio: trabajar, pero también estar presente para mi hija. Después de mucho caos, ahora siento calma.
Ya no pienso en Venezuela como un lugar donde volver a vivir. Nuestra decisión es España; aquí queremos hacer nuestra vida.
A quienes emigran, les diría: no dejen de luchar. Hay que reconvertirse y atreverse; la actitud es lo que te abre las puertas.
